
Ayer el viejo molino, estuvimos hablando de poblaciones emblemáticas y de su procesiones de Semana Santa. Un amigo nos contaba como a él, cuando alguien le pregunta por las ciudades que más le impresionan, siempre responde sin dudar y sin poder ni saber establecer un orden: Granada. Segovia, Sevilla y Burgos.
Confesaba que sus gustos son muy dispares. Le encanta esa mezcla de la austeridad castellana con la majestuosidad romana y el embrujo árabe corriendo por las aguas del Genil, del Darro y el Guadalquivir. ¿Siente unas sensaciones diferentes en cada una de ellas? Evidentemente que sí, pero nunca más importantes en las unas que las otras. Nos confesaba que jamás puede establecer un orden de prioridad, siempre sería injusto.
Nos habló principalmente de Segovia, de su irrenunciable deseo de volver cuantas veces le sean posible, aunque confiesa con pesadumbre que hace más de un año que no ha estado. Siempre ha habido algún motivo que lo ha hecho imposible durante estos últimos tiempos.
Nos recordaba su última visita. Fue el Viernes Santo del año pasado. La ciudad nos confesaba, estaba majestuosa, siempre altiva, siempre austera, siempre limpia, siempre…Segovia. Nos decía que no hay ni un solo rincón que no sea digno de admiración. Pero en nuestra charla, no estaba por hablarnos de las piedras innumerables de la capital castellana; quería hacerlo de los recuerdos que se juntaron ese día de pasión estando en sus calles.
« ¿Quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?»
Hablamos de este singular preámbulo de
Nos siguió contando que había tenido el privilegio de escucharla en directo en
Pero… le faltaba Segovia y el Viernes Santo del año pasado. La procesión discurría por
¡Impresionante!, esas fueron sus últimas palabras al recordar el Viernes Santo del año pasado.